miércoles, 1 de enero de 2020

De la culpabilización a la autojustificación: salud mental y profecías autocumplidas

Cuando uno no se responsabiliza, cuando no da pasos concretos para tratar de enmendar sus errores o asegurarse de no repetirlos, cuando no escarba, cuando no va a la raíz, cuando no hace un esfuerzo por cambiar sus hábitos y su forma de relacionarse con los demás, el hecho de fustigarse y recrearse en la culpa se convierte en una performance autocompasiva, en una autojustificación -paradójicamente, hay un punto de "me siento culpable, eso me reafirma en que no soy tan mala persona"- que sólo perpetúa el ciclo.

Este tipo de pensamiento fatalista, este "estoy roto desde niño, rompo todo lo que toco y no hay nada que pueda hacer", suele acabar sirviendo también como una especie de justificación, se convierte en una profecía autocumplida.
Martirizarse es contraproducente: si realmente queremos resarcirnos y enmendar nuestros errores tenemos que hacer un esfuerzo por dejar de repetirlos, y eso pasa por perdonarnos a nosotros mismos sin por ello perder de vista que lo que hicimos estuvo mal: lo contrario -no perdonarse, el autoodio- no beneficia a nadie y sólo trae más problemas a la larga (evitacion, ponerse a la defensiva).

Es necesario que entendamos de dónde venimos, qué sucesos nos han marcado y de qué forma, para que entendamos y podamos explicar nuestro comportamiento actual, desandar nuestros pasos, confrontar los miedos infantiles y las creencias infundadas que solemos arrastrar sin saberlo y que suelen estar a la raíz de muchas inseguridades y mecanismos de defensa actuales; pero a menudo confundimos explicar con justificar (como si el daño que nos han hecho a nosotros nos diera carta blanca para infligirlo en los demás, para redirigirlo de forma injusta), y la línea puede llegar a ser algo difusa. Pero curiosamente, pasarse al otro extremo, culpabilizarse más de la cuenta, arrastrar el arrepentimiento como una losa, odiarse a uno mismo, nos puede hacer caer en una actitud derrotista que, de alguna forma, nos mantenga encerrados en el mismo tipo de circuito destructivo e irresponsable. No hace falta ser un monstruo desalmado para hacer daño sistemáticamente, a veces basta con descuidar la propia salud mental, con huir. Responsabilizarse (tomar consciencia del problema y buscar activamente formas de superarlo y de evitar que recaiga en los demás) no es lo mismo que culpabilizarse (quedarse atrapado en un estado de penitencia y autoflagelación permanente).

jueves, 19 de diciembre de 2019

Trastorno obsesivo-compulsivo, depresión y redes sociales

No quería contar mi historia porque siempre he sentido que hacerlo comprometería la imagen que algunas personas que me han seguido desde hace años tienen de mí, de persona bastante cabal, ponderada, racional. La cuestión es que sí considero que soy estas cosas, pero lo soy a pesar de todo lo demás y, quizás, como consecuencia.
Podría decirse que toda mi vida ha sido un intento por evitar a toda costa ajustarme al arquetipo de la "histérica irracional que exagera y tiene una visión distorsionada de las cosas", hasta el punto de sobrecompensarlo y pasarme al otro extremo, de intelectualizarlo todo, de menospreciar mis emociones y mi instinto y poner constantemente en entredicho mi visión y mi criterio. A día de hoy entiendo que llevarlo a ese extremo es un error.

Cuando la gente piensa en pacientes de trastornos mentales suele imaginar a personas con un habla desorganizada, algo inconexa, o de conducta errática e imprevisible (por eso suelen suscitar un cierto temor, cuando en realidad la mayoría de personas que sufren esquizofrenia, por ejemplo, son más susceptibles de sufrir agresiones que de cometerlas). Yo me encontraría en el otro extremo. Muchísimo menos estigmatizada, pero sí bastante malentendida.

Llevo toda la vida intelectualizándolo todo, tratándolo en términos fríos y clínicos, asépticos, abstractos, situándome fuera, para tratar de distanciarme y sobrecompensar el hecho de sentirlo siempre todo multiplicado por mil.
Me he ido quitando bastante la coraza durante estos últimos años, desaprendiendo la represión acumulada, permitiéndome acercarme más a las cosas, y quizás por eso he vivido situaciones menos graves que las que viví hace unos años pero con una intensidad mucho mayor.
Hay pacientes que creen que no les está yendo bien ir al psicólogo porque están llorando más, por ejemplo, sin caer en la cuenta de que están procesando cosas que tenían encastadas, guardadas en un rincón, y que también les hacían daño pero de forma menos visible, quizás en forma de miedos.

Mi Trastorno Obsesivo-Compulsivo

Hace 15 años me diagnosticaron un Trastorno Obsesivo-Compulsivo. Fue especialmente severo e incapacitante a los 11-12 años, aunque llevaba desde los 3 años teniendo obsesiones (pensamientos intrusivos y egodistónicos) y compulsiones más esporádicas, y crisis de ansiedad.

Los pensamientos intrusivos serían pensamientos que no sientes como verdaderamente propios, como si no tuvieras ningún tipo de control al respecto. En mi caso era como acceder sin filtros a mi subconsciente; un bombardeo constante de pensamientos nítidos que podía visualizar y que me atormentaban.
Los pensamientos egodistónicos serían aquellos que no sientes como propios porque entran en conflicto con tu sistema de valores y creencias, con tu autoconcepto. Detectas de forma muy clara y evidente que lo que estás pensando es aberrante o irracional, como si se te estuviera tendiendo una trampa.

Lo jodido de haber sufrido trastornos severos de ansiedad desde niña y no desde adolescente es que creo que hasta cierto punto acabas construyendo todo tu mundo, toda tu mecánica mental acomodándote a y lidiando con ese trastorno. Aprendes a funcionar de una forma distinta. Y quizás a los 15, a los 16, 17 o 18 años aún te enorgulleces de esas excentricidades, te hacen sentir especial, las conviertes en tus señas de identidad. Pero cuando pasas los 25 y ves que las cosas siguen sin tomar forma, que sigues sin poder explotar tu potencial, que hay muchas cosas que nunca has vivido y es posible que nunca vivas, la cosa empieza a cambiar. Dejas de priorizar el sentirte especial, empiezas a querer y buscar otras cosas: poder ser más funcional, tener la estabilidad, la constancia, la motivación y la disciplina necesarias para poder hacer cosas, para poder aportar algo, para llevar una vida algo más ordenada. Dejas de idealizar y romantizar la figura del poeta maldito, solitario y atormentado. Quizás es que te quitas la coraza misántropa, ese "odio a la gente", y empiezas a reconocer que lo que quieres es ser visto, comprendido, querido, participar en el mismo mundo en el que habita el resto de la gente.

Un inciso sobre el TOC, aunque quizás esto no sea necesario ni decirlo, quizás se considere de cultura general: aquí "obsesivo" no tiene las connotaciones que suele tener en la cultura popular o en el habla coloquial. No tiene que ver con acosar ni perseguir a nadie, normalmente conlleva más bien un recluimiento interno; ese "obsesivo" aquí significa "circular", un no poder salir de un circuito interno. En mi caso, durante muchísimo tiempo, las obsesiones ni siquiera tuvieron un contenido realmente "inteligible", que pudiera expresar, se trataba más bien de formas y operaciones abstractas; mis obsesiones se parecían más a cálculos matemáticos que a preocupaciones o fijaciones con personas u objetos del mundo.
Si hablamos de T.O.C propiamente, incluso aunque te obsesiones con alguien, lo normal es que la compulsión no tenga nada que ver con interferir realmente; y sería especialmente raro que la compulsión tuviera que ver con hacer daño a alguien. De hecho ocurre lo contrario: muchas personas que sufren Trastorno Obsesivo Puro (luego entraré en esa distinción) tienen pensamientos intrusivos que tienen que ver con hacer daño o agredir a otros, pero precisamente porque temen hacerlo, y con lo que se obsesionan realmente es con evitar a toda costa que esos pensamientos intrusivos se acaben trasladando al mundo real, lo que temen realmente, lo que les martiriza es la idea de ser malas personas, de hacer daño. He tenido mis experiencias con eso.

Lo que ocurre con mi Trastorno Obsesivo-Compulsivo es que durante los últimos 9 años lo he tenido más o menos "inactivo", he estado (relativamente) asintomática, aunque creo que eso es algo que mucha gente discutiría, porque se me siguen notando las tendencias obsesivas: la necesidad de ser precisa y certera, de sentir que no dejo cabos sueltos, de matizar y puntualizar hasta la saciedad, el perfeccionismo patológico y contraproducente. La necesidad de esquematizar, de encontrar patrones. Y definitivamente tengo lo que llamarían "rumiaciones obsesivas". Pero el hecho es que no tengo obsesiones y compulsiones en el sentido en el que las tenía hace años, no tengo un bombardeo constante de pensamientos que prácticamente pueda visualizar, intrusivos, egodistónicos. Y esto es difícil de explicar, porque cuando tienes rumiaciones, entras en un circuito y das 50 vueltas, también estás pensando cosas que preferirías no estar pensando. Pero se trata de algo distinto.

Cabe añadir que mis compulsiones siempre fueron bastante atípicas. Sólo tuve compulsiones en el sentido más tradicional, típico (o quizás simplemente el que la mayoría de la gente imagina), de tener que llevar a cabo rituales, de tener que repetir una misma acción para aliviar la ansiedad provocada por las obsesiones. Y la cuestión es que, al menos en mi caso -y creo que en muchos otros-, no existía una relación racional entre obsesiones y compulsiones (no era como estar agobiado porque no sabes si te has dejado algo encendido y que la compulsión sea ir a revisarlo), sino que se establecía una relación totalmente arbitraria, y que yo sabía que era irracional; quizás sientes que estás impregnado de una especie de "suciedad moral", que no tiene nada que ver con los gérmenes, y la compulsión es lavarte las manos 500 veces al día. Y no es una superstición, tú sabes que no cambia nada; pero ese ritual alivia tu ansiedad (momentáneamente, en realidad lo que estás haciendo es retroalimentarla a largo plazo). Sólo tuve compulsiones de este tipo a los 11 años. Desde ese punto en adelante, todas las compulsiones que tuve fueron "compulsiones mentales", rituales para mis adentros.

Tenía previsto entrar a hablar de cómo eran, pero creo que sería un error, porque alguien que no se haya encontrado en ese estado mental lo interpreta y lo siente como una excentricidad o como una manía. Un relato que a mí me resulta terrorífico, a otra persona le puede resultar curioso, interesante y entrañable. Creo que por ello puede ser más útil hablar de cómo se vive y se siente, que no hablar de qué es lo que estás haciendo desde el punto de vista de un espectador.

Aunque algo que sí que me gustaría comentar, simplemente para desmontar algunos mitos o algunas ideas preconcebidas, es que yo, por ejemplo, nunca he tenido ningún problema con los gérmenes, ni con la suciedad, ni con el desorden, a no ser que llegue a extremos preocupantes: lo que quiero decir es que mi reacción es más o menos la misma que tendría cualquier persona, e incluso es posible que me afecte menos que a la media, porque soy muy poco maniática con estas cosas. Es decir, esta fijación patológica con el orden y con los patrones es algo que algunas personas canalizamos más hacia adentro. Lo digo porque quizás a menudo se asociaría el Trastorno Obsesivo Compulsivo con el tipo de pautas de conducta que encontraríamos en Mónica de Friends, o en Sheldon Cooper, pero incluso en el caso de que se les pudiera diagnosticar (dentro de lo "diagnosticable" que sea un personaje de ficción) un TOC, la cuestión es que no es un trastorno que se reduzca ni muchísimo menos a ese tipo de conducta.

Las compulsiones más mentales, los rituales que empecé a hacer para mis adentros, hicieron que, evidentemente, fuera más fácil mantener las apariencias de puertas afuera, pero también hicieron que fuera todo cada vez más complejo, más confuso e intrincado, que entrara en un plano más abstracto. Cada vez más difícil de explicar, de verbalizar, de comunicar.

Lo que sí he sufrido durante estos últimos dos-tres años han sido síntomas del Trastorno Obsesivo Puro, o T.OC Puro. Pero se trata de otro tipo de pensamientos intrusivos, es más bien un sentimiento de culpa muy invasivo, una especie de auto-hipervigilancia, una duda constante de fondo. Me quedo atrapada en circuitos obsesivos, pero una de las diferencias es que ahora sí que existe una relación causal racional entre lo que me preocupa que ocurra (equivocarme) y lo que hago para evitar que ocurra.

He llegado a la conclusión -tal vez errónea- de que este complejo de culpa responde a mi necesidad de sentir que tengo el control de la situación: si todo lo malo o doloroso que me ocurre, me ocurre porque he hecho algo para merecerlo o provocarlo, eso significa que puedo evitar que se repita en un futuro cambiando mi comportamiento; creo que esa es la línea de mi razonamiento a un nivel más inconsciente. Para mí es más reconfortante pensar que me han malinterpretado porque no he sabido expresarme o comunicarme correctamente, que aceptar la idea de que, independientemente de cuanto me esfuerce en matizar algo, siempre habrá quien no me entienda. Prefiero sentirme culpable de haberme expresado mal que sentirme condenada a ser incomprendida. Prefiero pensar que me han abandonado porque he hecho algo mal, porque hay algo malo en mí, que aceptar que a veces hay diferencias irreconciliables de fondo que el amor no puede superar, que los sentimientos cambian con el tiempo o que las personas vienen y van. Creo que esto es común en supervivientes de abusos y malos tratos.

No sé si es como reacción al T.O.C, como mecanismo adaptativo, pero ante situaciones o pensamientos que me generan ansiedad he aprendido a posponer la fuente de esa ansiedad.
Tengo un problema de evitación, he tenido siempre muchos mecanismos evitativos que afectan a todos los ámbitos de mi vida: afectan a mi vida social, afectan a mi vida académica a través de la tendencia a posponer indefinidamente el hacer un trabajo o prepararme para un examen, y muchas veces he llegado incluso al punto de no llegar a hacerlo. Afecta también, de forma muy clara, a mi gestión de las redes sociales; desaparezco durante semanas, pospongo respuestas que quiero dar y conversaciones enteras que quiero tener pero que en ese momento me abruman y me paralizan.
Acabo buscando la nada, refugiándome en una especie de limbo, olvidando que existen otras personas.

Ansiedad y redes sociales


Y como digo, la cuestión es que en los últimos dos años, diría que sobre todo desde mediados de 2017, aunque no haya vuelto a recaer nunca del todo en el T.O.C, sí que es como si hubiera vuelto a emerger en forma de un complejo de culpa patológico, de dudas incesantes y asfixiantes sobre mí misma.

Lo que muchas veces me ha generado ansiedad no ha sido la posibilidad de equivocarme en sí, sino la posibilidad de estarme equivocando y no tener forma de detectarlo y corregirlo, de enmendarlo con relativa rapidez. Si me doy cuenta de que me he equivocado pero tengo claro en qué y por qué, basta con explicarlo y retractarse, no me supone un grave problema. El problema lo tengo cuando no sé detectar o verbalizar con exactitud lo que no me cuadra, cuando no sé hasta qué punto mis dudas son razonables y hasta qué punto me estoy autosaboteando porque no me permito bajar la guardia.

A mediados de 2018 abandoné Twitter durante un par de meses, y desde entonces nunca he sido capaz de "regresar" del todo, he vuelto a estar meses enteros desconectada, he tenido épocas en las que sólo he escrito en Twitter un día a la semana, o un par o tres de días cada dos o tres semanas.

Y esto es porque a mediados de 2018 llegué a un punto en el que me sentí absoluta e irremediablemente incapaz de gestionar la exposición y la responsabilidad que conlleva tener una cuenta con muchos seguidores. Como digo, arrastraba tal complejo de culpa, y me exigía a mí misma un comportamiento tan intachable y tan ejemplar -que jamás hubiera exigido a otros- que acababa responsabilizándome incluso de malinterpretaciones que eran claramente, o un error de la otra persona, o directamente deliberadas. Acababa sintiendo que efectivamente había podido dar pie a ser leída de esa forma, y que era exclusivamente responsabilidad mía prevenir malentendidos. Acababa disculpándome y retractándome de cosas que no había dicho, acababa invirtiendo entre 5 y 8 horas seguidas en reescribir y releer compulsivamente el borrador de un solo hilo, leyéndolo desde mil ángulos, aterrada ante la posibilidad de dar pie a lecturas sesgadas que sentía que serían culpa mía.
Por supuesto que quiero ser pedagógica, considerada y cuidadosa en las formas, por supuesto que no quiero caer en las actitudes chulescas y las guerras de egos de Twitter, donde importa más humillar al otro para crecerte frente a una audiencia que te aplaude que compartir y confrontar ideas.

Pero el caso es que ganar tantos seguidores hizo que, en vez de crecerme, en vez de confiarme y sentirme blindada, sólo sintiera sobre mis espaldas una responsabilidad que me hizo pequeña e insegura.

También me pasaba horas y horas buscando errores e incoherencias en mis propios tuits, porque -como he comentado antes- sentía que en caso de estar equivocándome necesitaba poder darme cuenta lo antes posible para poder retractarme lo antes posible. Me daba pánico la posibilidad de poder estar desinformando o teniendo un impacto nocivo sin saberlo. Y por eso acababa dudando de mi criterio, acababa dudando de cosas que antes me hubieran parecido evidentes. Creo que no se trataba siquiera de honestidad intelectual, sino de miedo puro y duro.

Y no era sólo miedo a estar causando algún tipo de daño o perjuicio, efectivamente también era miedo a que eso hiciera que la gente me viera con unos determinados ojos, que me juzgara, y que su forma de juzgarme reforzara mi forma de juzgarme a mí misma. Al final a quien temo verdaderamente es a mí misma.
No me preocupa no gustar a todo el mundo, me preocupa cómo Twitter, tanto por mi sensación de responsabilidad como por la especial tendencia que hay en esa red social a simplificar las cosas hasta tergiversarlas, y a sacarle punta hasta a lo más inofensivo, me hace recaer en mis circuitos de dudas obsesivas (sobre mí misma y mi valía, pero también sobre mi propio criterio -no ya sólo sobre mi discurso sino sobre mi capacidad para discriminar información-) y autoflagelación.

A día de hoy a veces sigo teniendo problemas para gestionar las redes sociales, ni siquiera leo mis notificaciones, y es porque en menor grado sigo funcionando así.
Quiero decir, una persona que me demuestre que realmente entiende lo que quiero decir y desde dónde lo digo pero no esté de acuerdo, o, yo qué sé, me considere pedante, o pesada, que lo soy, no me genera ansiedad alguna.

Y el año pasado Twitter me enseñó que si tu perfeccionismo y tu complejo de culpa te llevan a exigirte un comportamiento intachable que nunca exigirías a los demás, el resto de la gente empieza a exigírtelo e interpreta tu obsesión por ser ejemplar como si te creyeras que lo eres.

En definitiva: mi relación con las redes sociales siempre es un estira y afloja, una tensión constante: necesito expresarme y aprovechar el altavoz que se me ha dado, pero hay épocas en las que mi autoexigencia y auto-hipervigilancia obsesiva lo convierten en algo agotador a todos los niveles. Siento que tengo bastante vocación como comunicadora, pero mi cerebro no está en absoluto pensado para lo que supone la exposición en internet.

Mi experiencia con la depresión


El caso es que también llevo los últimos 10 años con depresión. Lo que ocurre es que es difícil delimitar de dónde me viene esto y de dónde me viene esto otro, y tampoco creo que tenga sentido. Diría que durante estos últimos años la depresión me ha incapacitado mucho más que el TOC, pero es que a lo largo de mi depresión también han estado mis rumiaciones obsesivas, aunque no fueran obsesiones y compulsiones propiamente dichas.
Sufro una forma leve pero crónica de depresión, que se alterna con episodios depresivos más graves. En mis buenas épocas sigue costándome bastante llevar a cabo tareas relativamente simples, sigo estando apática, decaída, sigo teniendo una sensación constante de cansancio y fatiga.

En mis episodios más graves -y creo que esto es algo bastante generalizado- siempre he tenido una cierta tendencia a recrearme en la depresión y encontrar en ella refugio, a autosabotearme, a menudo de forma inconsciente, porque la idea de volver al mundo, donde suceden cosas y donde habitan los otros, con sus tiempos y sus ritmos, es asfixiante. Cuando te quedas en tu refugio de procrastinaciín y hábitos autodestructivos sabes exactamente lo que te vas a encontrar: el mundo exterior es mucho más frenético e incierto y da más miedo. No es simple pereza, es un mecanismo de evitación. Y uno puede encontrar formas extraordinariamente sofisticadas de autosabotearse.

A menudo te sientes incapaz de dar pasos en la dirección correcta, por mucho que sepas cuál es la dirección correcta, incluso aunque sepas qué clase de hábitos debes empezar a adquirir, porque no te sientes con fuerzas, porque nada te ilusiona lo suficiente como para suponer un aliciente, como para llegar a motivarte. Porque no tienes "razones".
Pero muchas veces es sólo cuando te fuerzas a dar pasos que no quieres dar, a salir de la cama, de casa, de tus espacios solitarios y viciados, a intentar reconectar con los otros -aunque esto es especialmente difícil cuando llevas años así y has quemado todos los puentes; por duro que sea, hay gente que no está capacitada para quedarse a tu lado-,  cuando empiezas a recuperar poco a poco las fuerzas y las ganas de dar más pasos que te permitan estar mejor. Creo que muy a menudo el "sentido", el "propósito" y la motivación no aparecen hasta que ya estás un poco mejor, aunque sea sólo un poco. Por eso hay momentos en los que tienes que obligarte, hacerlo porque sí. Y eso es lo más jodido, pero lo más necesario. Y sólo se vuelve un poco más fácil cuando coges el hábito.

Y cuando se habla de la importancia de seguir intentando salir de esos hábitos y de ese refugio de cuatro paredes, de seguir obligándote a hacer cosas que no quieres hacer y que te cuestan, no siempre se hace trivializando la depresión, sino precisamente entendiéndola, entendiendo lo fácil que es huir del mundo. Y esto no significa que vayas a "curarte" -yo no voy a curarme, sólo aspiro a estar mejor- por salir a pasear, hacer ejercicio o hablar con gente; pero a menudo subestimamos lo decisivos que estos gestos pueden llegar a ser en algunos momentos cruciales.
A veces hay mensajes que nos parecen condescendientes o que nos suenan a frasecita trillada de instagram -"¡sonríe, atrévete a salir de tu zona de confort!"- pero hay algo de verdad en que es habitual recrearse y refugiarse en la depresión, aunque sea por algo más que pereza.
La introspección es imprescindible, e ir a terapia y tener a alguien que confronte y desmonte tus creencias irracionales y que te pare los pies cuando te culpas de mas o te responsabilizas de menos, que pueda ver lo que tú estás demasiado cerca para ver, eso hace mucho. Pero creo que hay una parte de la recuperación o de la mejora, la que consiste en adquirir una rutina, que tiene que ser más mecánica, sobre la que es contraproducente pensar o teorizar demasiado. "Me levanto o no me levanto" te lleva a buscar "una razón" que en ese momento no encontrarás.

Por supuesto -y aunque sea difícil encontrar el equilibrio- no hablo de exigirse mucho de golpe (eso suele agravar los problemas de evitación, no resolverlos) ni de culpabilizarse. Hablo de obligarte a dar pequeños pasos que no te apetecen -hacer un recado, cosas pequeñas que se van amontonando y acaban siendo una losa, y que por mecánicas o cotidianas que sean te hacen sentir mucho más ligera cuando te las quitas de encima- pero sin fustigarte cuando no salen.

Y lo digo habiéndome pasado 4-5 años sin atreverme a ir a clase ni siquiera el día de los exámenes, y dos años recluida en casa, saliendo a la calle una vez cada tres semanas, sin tener ningún amigo y sin hablar con nadie.
Lo digo como alguien de quien todo el mundo siempre ha esperado que rindiera muy por encima de la media por tener una facilidad natural para ciertas cosas, pero que necesita más tiempo de lo normal para estabilizarse y centrarse, dejar fuera las interferencias y poder hacerlas.


Jamás he usado nada de esto, ni lo voy a usar, para justificar ningún acto reprochable. Si tengo que disculparme por algún error que haya cometido, no voy a sacar a colación mi salud mental. Y siempre he sido muy testaruda con eso. Además no creo que nada de lo que he sufrido me lleve a tratar peor a la gente o a actuar de forma injusta, no veo ninguna relación causa-efecto; si acaso lo previene.

Lo que más me duele es ser consciente de mi potencial y de mis facultades, de mi habilidad natural para ciertas cosas, y ser consciente de dónde podría estar hoy si realmente hubiera ejercitado y desarrollado esas facultades o capacidades, si no hubiera estado escondiéndome de mí misma, luchando contra mí misma, saboteándome. Más que sentirme un fraude, es que sé que estoy y he estado en muchas ocasiones muy cerca de ser lo que mucha gente ve en mí. Y podría haberlo sido. Y eso es lo peor. Que no es que sea inalcanzable, es que lo he tenido cerca. Y soy muy consciente de que recrearme en esto, reprocharme el tiempo perdido, es contraproducente y sólo me hace perder más tiempo.

Escapo a veces del ejercicio intelectual por miedo, para alejarme de mí, porque me conozco y sé lo mal que lo paso intentando desgranar obsesivamente por qué esto no me cuadra y cayendo en bucles neuróticos, entonces hay una parte de mí que tiende a la simplificación y al confort, pero en realidad es lo último que quiero y también me rayo muchísimo al sentir que estoy dejando pasar algo por alto.


sábado, 12 de octubre de 2019

Techo de cristal: socialización diferencial, sesgos de género en la academia y reparto desigual del trabajo no remunerado

Versión en vídeo:



Socialización diferencial y evidencia de sesgos de género en la academia. Maternidad y división del trabajo no remunerado. ¿Es la paridad discriminación positiva? ¿Qué tanto se debe la brecha salarial a la elección de carreras? Trabajo feminizado y capitalismo.


miércoles, 2 de octubre de 2019

¿Qué significa "Dios ha muerto"? Nihilismo, razón y modernidad en Nietzsche

Todos hemos escuchado alguna vez el famoso y solemne "¡Dios ha muerto, y nosotros lo hemos matado!" del filósofo Friedrich Nietzsche.
Pero en la cultura popular parece haberse dado por sentado que esta frase hace únicamente referencia al hecho de que nos encontramos ante el desmantelamiento (o descrédito) del cristianismo y de los valores y marcos conceptuales judeocristianos, como si se encargara de anunciar el advenimiento de una ansiada -e, incluso, algunos entenderán, "más racional"- sociedad laica.

Sin embargo, Nietzsche no hablará únicamente de religión cristiana, sino de un dualismo ontológico, de una forma de interpretar el mundo, de una forma de concebir y valorar lo sensible y cambiante, que son previas a la misma (a la religión cristiana y a las religiones abrahámicas por extensión) y que se extienden más allá de ésta, y rechazará explícitamente la razón de la modernidad occidental, que a su modo de ver no sólo no llega a superar sino que mantiene la ontología platónico-cristiana.

¿De qué está hablando, entonces? ¿Y qué tiene que ver el nihilismo en todo esto? ¿Por qué algunas veces parece que hable del mismo en tono peyorativo y otras veces en un tono positivo?


domingo, 14 de abril de 2019

Abolicionismo de la prostitucion: los datos, los argumentos, las propuestas y los problemas

Versión en vídeo:



(Edito: Escribí más recientemente este hilo en Twitter, con algunas correcciones y matizaciones: https://twitter.com/_ayme/status/1175792417133465602?s=19)


Índice de contenido:
1. Abolicionismo vs. prohibicionismo. Iglesia Católica y conservadurismo.
2. Dicotomía patriarcal madre/puta, ¿hipersexualización o cultura de la modestia?
3. Las cifras, los estudios y las controversias (discusiones acerca de la definición de trata, tratado de Palermo, acusaciones contra Melissa Farley)
4. Por qué blanquear el proxenetismo no es "proteger los derechos laborales de las prostitutas". Sobre los falsos sindicatos.
5. Datos: La regulación aumenta la demanda y la trata.
6. Acusaciones de puritanismo y paternalismo
7. La mentalidad del putero. ¿Qué dicen ellos?
8. Modelo Nórdico: ¿solución o parche? Propuestas abolicionistas y problemas. Punitivismo y antipunitivismo.


viernes, 11 de enero de 2019

La desorientación radical de Ortega y Gasset: Unas lecciones de metafísica


El filósofo Ortega y Gasset nos presenta, en las conferencias transcritas y recogidas en Unas Lecciones de Metafísica, a la Metafísica misma como algo que los hombres hacen cuando buscan "una orientación radical". Nos habla de orientación y no de un saber, dado que la orientación no es un saber, sino que el saber es una orientación: la orientación es algo más primitivo, más elemental, que se encuentra en un estadio más profundo. La filosofía tradicional ha dado por sabido qué es el "saber" que aspiramos a adquirir, cuál ese "ser" que tenemos que saber si las cosas son o no (¿qué significa que sean eso o eso otro?). La Teoría del Conocimiento suele hablar de las condiciones de posibilidad de este saber, cómo se alcanza si es que es posible alcanzarlo, acota los límites; mientras que la filosofía que se pregunta por el ser de las cosas, se pregunta qué son las cosas, y no por la naturaleza de ese "ser", por lo que significa que una cosa "sea".

La desorientación radical es un atributo esencial del ser humano. La situación del hombre es la desorientación: el hombre consiste en hallarse perdido. Los seres humanos nos servimos de una serie de convicciones que nos aportan la ilusión de estar orientados, pero basta con que alguien nos pregunte el porqué de alguna de estas convicciones (por ejemplo, la convicción de que dos y dos son cuatro) para que, aunque sea por un segundo, nos planteemos si esa pregunta es razonable, si esa convicción es cuestionable, y nos traslademos a un estadio de desorientación y perplejidad hasta que, finalmente, nos convenzamos de nuevo. Pero esta vez la convicción será nuestra, propia, efectiva, no heredada y asumida acríticamente, y es entonces cuando habremos hecho el tránsito de la desorientación a la orientación. La auténtica orientación, el constarnos algo, supondrá siempre una desorientación previa. La orientación ficticia no presupone una desorientación previa.

Si buscamos una orientación radical para nuestra vida, debemos preguntarnos primero qué es eso, qué es la vida (de cada uno). Ninguna ciencia se ha ocupado nunca de ella propiamente, siempre se la ha desatendido, y sin embargo todas la presuponen, todas encuentran en ella su condición de posibilidad, todas existen en ella, todas están -como todas las realidades- encerradas dentro de ella.

Ortega identifica y desarrolla cuatro atributos que son condición suficiente y necesaria para definir nuestra vida (la de cada uno de nosotros).

sábado, 16 de junio de 2018

Sexo, empatía y puritanismo: sobre feminismos y consentimiento

Artículo publicado en Tribuna Feminista

Make Love – Watercolor Series nr. 69 Original
(Acuarela de Tina Maria Elena Bak)

A raíz del movimiento #MeToo, muchas feministas han empezado (o vuelto, más bien) a teorizar y problematizar sobre la noción de consentimiento, contraponiéndola a la noción de "deseo". Muchas mujeres llevan tiempo señalando que el sexo no debe ser "consentido" (el "consentir" implica pasividad), sino deseado, activamente. Que el consentimiento sexual, especialmente delicado dado nuestro contexto social, no debe conformarse con ser un simple "sí", y menos aún la omisión de un "no", sino que tiene que ser entusiasta, libre de toda presión o coacción, revocable en cualquier punto del acto sexual, e informado.
La tuitera @MagdalenaProust utilizó la palabra "empatía" para referirse (y lo aclaró y desarrolló en el mismo hilo de tuits en el que propuso esta palabra) a reconocer a tu pareja sexual como otro sujeto que participa, que desea, que siente y que sufre y, por consiguiente, anteponer su bienestar a tu placer, tener consideración por sus límites y necesidades. Lo cual también implicaría ver más allá de uno mismo, estar lo suficientemente pendiente del lenguaje no verbal de tu pareja sexual como para detenerte y preguntar si ésta no reacciona, no se mueve, no inicia nada, no se comunica. En definitiva, querer asegurarte de que todo está bien.

Frente a esta petición de mínimos llegan las réplicas y las acusaciones: nos dicen que lo estamos complicando demasiado, "queréis burocratizar el sexo" (lo cual demuestra que no han entendido lo que pedimos, ya que un hipotético "contrato de consentimiento" complicaría uno de sus requisitos: que éste sea revocable en cualquier punto del acto sexual), o "esperáis que leamos mentes".

Pero dejemos las hipérboles a un lado. No es en absoluto necesario leer la mente para distinguir entre una mujer que se queda paralizada y no reacciona, una que acepta a regañadientes e indecisa después de que hayas estado insistiendo media hora, y otra que realmente lo desea y lo demuestra: reacciona clara y positivamente, propone, inicia, el lenguaje verbal y no verbal es afirmativo y entusiasta.
No es difícil: si tienes que insistir, significa no. Y si estás teniendo sexo con otra persona y no reacciona a tus actos o movimientos, si no inicia ni propone nada, si no dice nada, si se mantiene inmóvil, si mira continuamente para otro lado, si no parece una participante activa que disfruta sino un recipiente pasivo que consiente (no rechista), lo normal, lo que tendría que nacer de cualquiera de nosotros, es detenerse y preguntar si todo está bien. La mentalidad de "si algo no le está gustando ya me detendrá" es especialmente peligrosa en nuestro contexto, y un poco más abajo entraré a detallar por qué.

Volvieron también, como ocurre siempre que se analiza el impacto de las relaciones de género en el dormitorio, las acusaciones de puritanismo y "fiscalización" del sexo.

Este es el caso del artículo publicado en CTXT que responde al que publicó Beatriz Gimeno unos días antes. Hay varios párrafos del mismo que me gustaría comentar.


"Pretender, en el nombre del feminismo, que los tíos tengan un código de conducta adecuado en el terreno sexual para satisfacer el deseo de las mujeres es, bajo mi juicio, una forma más de control social de la sexualidad. Prefiero la libertad de expresión antes que cualquier autoritarismo bienintencionado, que bajo la promesa de darme seguridad física, quiera colarse en mi cama. Pienso que el camino que debe seguir el feminismo es otro, pues evitar que negociemos, que establezcamos límites, que tomemos decisiones y que expresemos lo que nos gusta y lo que no solo nos relega a una actitud pasiva. Es decir, a la actitud que el patriarcado históricamente ha prescrito en el terreno sexual para las mujeres."


Lo primero que hay que dejar claro aquí es que no se trata de enseñar a los hombres a satisfacer sexualmente a las mujeres, sino de dejar de inculcarles e incentivar el que nos vean como meros instrumentos de placer, objetos de consumo, trofeos. Dejar de enseñarles a basar su valía como hombres, su estatus, en su número de conquistas sexuales 1 2, dejar de enseñarles a entender el sexo como una forma simbólica de dominación, poder, control, y éstos como una afirmación de su masculinidad 3.  (Y no son pocos los estudios que señalan causalidad o correlación positiva entre la socialización masculina -las creencias y las expectativas y roles de género impuestos a los hombres- y el uso de la violencia y la necesidad de dominio y control  4 5 6 7 8 9 10 11.
Empezar a entender el sexo, por esporádico y carente de romanticismo que sea, como una interacción entre dos personas, que como tal requiere de un mínimo de comunicación y respeto, consideración -como mínimo- por los límites y el bienestar (ya no hablo de placer siquiera) de la otra persona.

La "brecha de orgasmos" (me explayaré más abajo) sería sólo un síntoma de esto, y del coitocentrismo y la despreocupación generalizada por el placer de las mujeres, pero no es el problema en sí. Y no es lo que tenemos en mente al hablar de la necesidad de la empatía en las relaciones sexuales.

Lo segundo que hay que recalcar es que nosotras queremos un mundo en el que las mujeres puedan comunicarse y expresar sin miedo sus deseos, sus preferencias y sus límites, en igualdad de condiciones. La diferencia es que quienes nos tachan de puritanas parecen creer que ya estamos en ese mundo (y que, por tanto, nuestro afán de problematizar sobre la sexualidad desde una perspectiva de género es algo innecesario que sólo denota sexofobia y "mojigatería"), y nosotras no.

Nosotras creemos que necesitamos señalar que aún no somos libres e iguales (y comprender por qué) para poder llegar a serlo. Suelen decirnos que al hablar en estos términos estamos (re)tratando a las mujeres como seres débiles; eternas víctimas, niñas impresionables incapaces de tomar sus propias decisiones. Pero para poder dejar de ser víctima de una situación primero tienes que reconocer que (aún) lo eres y trabajar a partir de ahí. Negar la posición de vulnerabilidad y la desigualdad estructural nos impide analizar el problema y buscar las herramientas necesarias para emanciparnos. Si presupones que ya eres libre te condenas al conformismo. Tratar de visibilizar y estudiar la situación histórica de inferioridad social de la mujer y los mecanismos que la perpetúan no es nuestro objetivo, no es la meta; sólo el punto de partida. No se trata de abrazar el papel de víctima, sino de conseguir superarlo, pero para ello es necesario que sepamos de dónde partimos y cómo salir de ahí. No podremos llegar a ser libres si nos limitamos a abrazar sin más el imaginario sexual colectivo actual, violento y machista, lo que bebemos de los medios y la pornografía, una sexualidad coitocéntrica, entendida desde los esquemas sexo-violencia-poder de la masculinidad tradicional.

El error está en creer que partimos de un escenario neutral, en el que no se nos está inculcando una visión muy concreta del sexo ni se nos está presionando para ejercer determinadas prácticas, y que somos las feministas las que abogamos por colarnos en la cama. Nuestra cultura se está colando en nuestra cama constantemente. Lo que nosotras queremos es cambiar esa cultura.

La cuestión es que cada vez más mujeres relatan cómo se han paralizado y sentido incapaces de decir "no", de expresar verbal y explícitamente su disconformidad, cómo se han forzado a hacer cosas que no deseaban cuando les han insistido una y otra vez, por miedo a decepcionar o enfadar a sus parejas sexuales, cómo en esas circunstancias han pasado por encima de sus propios límites para complacer a sus novios, anteponiendo el deseo de ellos a su propio bienestar. Parece un patrón generalizado. ¿Son todas ellas débiles de carácter? ¿Están todas ellas mintiendo o exagerando? ¿No es razonable pensar que deben existir una serie de construcciones sociales, de elementos coercitivos, simbólicos y materiales, que expliquen este fenómeno? ¿No tiene sentido que queramos analizarlo, diseccionarlo, ir a la raíz, en vez de quedarnos en un "somos fuertes e independientes, así que no hay nada que hablar, todo se puede analizar excepto el sexo"?
También suelen relatar cómo sus parejas sexuales han continuado, sin inmutarse, cuando ellas se han quedado inmóviles, accediendo a desgana. Cómo han llevado a cabo ciertas prácticas (eyacular en su cara, penetrarlas oralmente con fuerza) sin pedirles permiso antes, dando por sentado que no hacía falta. ¿No es necesario analizar, tampoco, de dónde viene esto? ¿No es necesario plantear una noción de consentimiento sexual que vaya más allá de "haz lo que te apetezca con ella a no ser que te grite que pares"?

Prácticamente todas las autoras feministas de todas las corrientes y tradiciones de pensamiento, desde Andrea Dworkin (feminista radical) hasta Gayle Rubin (feminista pro-sex), comparten la tesis de que nos encontramos en un escenario de desigualdad social y económica que tiene un profundo impacto en todos los ámbitos de nuestra vida, de que se nos inculcan una serie de creencias y valores que nos condicionan e influyen decisivamente en nuestra forma de percibirnos y relacionarnos.

No es nuevo el concepto de "indefensión aprendida", ni su aplicación a la cuestión del género. La indefensión aprendida "se refiere a la condición por la cual una persona o animal se inhibe ante situaciones aversivas o dolorosas cuando las acciones para evitarlo no han sido fructíferas, terminando por desarrollar pasividad ante este tipo de situaciones". Las mujeres que durante su infancia, preadolescencia y adolescencia han sufrido formas de abuso sexual (desde tocamientos hasta una violación), e incluso aquellas que no han pasado por esas situaciones pero
se han acostumbrado a aceptar la cosificación externa y el acoso callejero como algo inevitable, a entender su propio cuerpo como "provocador", como un blanco fácil expuesto, pueden haber desarrollado una actitud pasiva como mecanismo de adaptación, que podría explicar -al menos parcialmente- por qué hay mujeres que se paralizan o sienten muchos reparos a la hora de expresar su disconformidad en el dormitorio, evitando el conflicto a toda costa, incluso aunque no exista un peligro evidente ni haya habido una clara intimidación.

Un estudio reciente señala que el 30% de las mujeres experimenta dolor durante el sexo vaginal y el 72% durante el sexo anal, y que un porcentaje importante no se lo dice a su pareja 12. Es decir, se lo callan, "aguantan". La explicación más plausible es que quieran complacer (o teman decepcionar) a su pareja. O que crean que es mejor "dejarlo pasar" y evitar la confrontación. La normalización también puede jugar un papel importante: asimilamos como inevitable que la mujer sufra dolor durante el sexo.

Filósofas feministas como Rebecca Kukla retoman las teorías de Austin y Searle sobre los actos de habla y exploran cómo ciertos enunciados cobran un valor performativo (es decir, no describen una acción, sino que son una acción en sí mismos) u otro en función de la posición social y el poder relativo del emisor con respecto al receptor, independientemente de la intención del primero. Así, la pregunta "¿te tomas un café conmigo?" funciona como una invitación cuando no existe una relación de poder entre los interlocutores, pero puede operar como una orden o exigencia cuando un jefe se lo dice a su joven empleada, a la que le duplica la edad y cuyo sustento depende de él. Esto ayuda a ilustrar por qué hay escenarios que implican de por sí coacción.

Lo que nosotras decimos es que las mujeres deben poder tener autonomía y agencia, pero que debido a su socialización y posición social, en algunos casos ésta se puede ver anulada, y que hay que trabajar para detectar, reconocer y erradicar aquellos elementos que nos coaccionan. Hablar con otras mujeres y hacerles saber que no tienen por qué normalizar ciertas actitudes ni por qué sacar hierro a ciertas situaciones, empoderarlas partiendo de reconocer el problema. Hablar con hombres para que empiecen a plantearse el sexo y la cuestión del consentimiento de otra forma; no se trata tanto de inculcarles un código de conducta feminista como de ayudarles a desaprender el código de conducta patriarcal.


"¿Tan débiles somos las mujeres que no podemos lidiar con una experiencia incómoda en nuestra intimidad? ¿Necesitamos protección hasta cuando no nos corremos?"


La mayoría de mujeres que no llegan al orgasmo en sus relaciones con hombres no tienen problema en hacerlo mediante la masturbación. Las parejas lésbicas tienen de media bastantes más orgasmos que las heterosexuales 13. La raíz de la llamada "brecha de orgasmos" no se encuentra en la incapacidad por parte de la mujer de experimentar placer o alcanzar el orgasmo, ni siquiera se trata de que el hombre sea incapaz de proporcionar placer. El problema es que las relaciones sexuales heterosexuales se mueven en torno al coito, que suele ser insuficiente para que la mayoría de mujeres alcancen el orgasmo 14, y no se suele prestar atención a una de las principales fuentes de placer de la mayoría de mujeres: el clítoris. El problema es que la mayoría de estas relaciones terminan cuando el hombre tiene un orgasmo, independientemente de si ella lo ha alcanzado o no. Y utilizar el periodo refractario como excusa sólo es una muestra más de este coitocentrismo. Se pueden hacer muchas otras cosas.

En cualquier caso: esta ni siquiera es la cuestión. Cuando las mujeres se quejan de relaciones sexuales incómodas, insatisfactorias, etc, normalmente ni siquiera se refieren a no haber llegado al orgasmo. El maravilloso artículo "El precio femenino del placer masculino", de Lili Loofbourow, ilustra muy bien (y con fuentes) cómo lo que muchas mujeres llaman "relaciones insatisfactorias" son en realidad encuentros dolorosos que en algunos casos hasta rayan en lo traumático.

Se refieren a situaciones en las que se han sentido presionadas y coaccionadas a "consentir" prácticas que no deseaban. Se refieren, como he dicho, a aquellas veces que su novio les insistió una y otra vez, presionándolas o haciéndoles chantaje emocional hasta que ellas accedieron a desgana, abstrayéndose y mirando para otro lado, "consintiendo" prácticas que no deseaban. Se refieren a esas relaciones
esporádicas en las que las utilizaron como si fueran muñecas hinchables, sin preguntarles nada, sin comunicación y sin consideración alguna. Se refieren a experiencias que las han dejado sintiéndose pequeñas, deshumanizadas y menospreciadas. No haber llegado al orgasmo fue el menor de sus problemas.


"La empatía es una habilidad afectiva, cognitiva y emocional que puede poseer el individuo. Por tanto, no se inscribe como un proceso automático y requiere de cierta destreza para ponerla en práctica en las relaciones interpersonales."


Utilizamos generalmente la palabra "empatía" para referirnos a la empatía afectiva, a la capacidad de ponerse en la piel del otro, de reaccionar con cierto dolor ante el dolor ajeno, con cierta alegría ante la alegría ajena. Esto presupone la capacidad de ver al otro como un semejante, como una persona. No significa "afinidad", ni conexión espiritual. No requiere de un vínculo afectivo previo, ni de romanticismo. Una de las características distintivas del psicópata es la incapacidad de empatizar. Es evidente que cuanto más profundo sea el vínculo con el otro tanto más fácil será empatizar con él, pero esto no significa que no deba existir una "empatía general" previa. Si vamos caminando por la calle y vemos a alguien que experimenta un repentino dolor y cae al suelo, ¿no nos preocupamos? ¿No nos aflige en cierto grado su dolor? Evidentemente, esta aflicción será mucho mayor si esta persona es alguien a quien conocemos y apreciamos, pero esto no significa que seamos impasibles e indiferentes al dolor de un desconocido. ¿No nos emocionamos en cierto grado cuando nos cuentan testimonios desgarradores, o historias entrañables? Todo esto también es empatía.
Belacchi y Farina (2012) 15 escriben: "se supone que nuestra capacidad de empatía emotiva se basa en el contagio emotivo, la afectación por el estado emotivo o de excitación del otro." Dentro de la "empatía afectiva" encontramos la "preocupación empática", entendida como "compasión por otros como reacción a su sufrir".


"La retórica oficial de la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo: pecados, pecadores y mujeres que solo admiten el calificativo de santas y víctimas protagonizan la ópera de la neurosis, el simplismo y la caliente emotividad."


Más arriba he contestado a la cuestión del victimismo. Por lo demás, me parece deliberadamente deshonesto equipararnos a posturas puritanas. El puritanismo conservador se basa en la noción de la respetabilidad sexual femenina, en la idea de que la mujer es por naturaleza (que no condicionamiento o socialización) el objeto pasivo de la relación sexual y que, como objeto que es, pierde "valor" al haber sido "usado" previamente. Así, el sexo ensucia y devalúa a la mujer, y la mujer sexualmente activa o desinhibida pasa a ser una mujer sin valor, sin dignidad, que no se respeta a sí misma. Esta idea ha sido criticada y desmontada una y otra vez por parte de los feminismos radicales. Nosotras rechazamos frontalmente la dicotomía patriarcal madre/puta, y reivindicamos el "desear" activo frente al "consentir" pasivo: el sexo deseado por ambas partes.