consentimiento

Sexo, empatía y puritanismo: sobre feminismos y consentimiento

15:16

Artículo publicado en Tribuna Feminista

Make Love – Watercolor Series nr. 69 Original
(Acuarela de Tina Maria Elena Bak)

A raíz del movimiento #MeToo, muchas feministas han empezado (o vuelto, más bien) a teorizar y problematizar sobre la noción de consentimiento, contraponiéndola a la noción de "deseo". Muchas mujeres llevan tiempo señalando que el sexo no debe ser "consentido" (el "consentir" implica pasividad), sino deseado, activamente. Que el consentimiento sexual, especialmente delicado dado nuestro contexto social, no debe conformarse con ser un simple "sí", y menos aún la omisión de un "no", sino que tiene que ser entusiasta, libre de toda presión o coacción, revocable en cualquier punto del acto sexual, e informado.
La tuitera @MagdalenaProust utilizó la palabra "empatía" para referirse (y lo aclaró y desarrolló en el mismo hilo de tuits en el que propuso esta palabra) a reconocer a tu pareja sexual como otro sujeto que participa, que desea, que siente y que sufre y, por consiguiente, anteponer su bienestar a tu placer, tener consideración por sus límites y necesidades. Lo cual también implicaría ver más allá de uno mismo, estar lo suficientemente pendiente del lenguaje no verbal de tu pareja sexual como para detenerte y preguntar si ésta no reacciona, no se mueve, no inicia nada, no se comunica. En definitiva, querer asegurarte de que todo está bien.

Frente a esta petición de mínimos llegan las réplicas y las acusaciones: nos dicen que lo estamos complicando demasiado, "queréis burocratizar el sexo" (lo cual demuestra que no han entendido lo que pedimos, ya que un hipotético "contrato de consentimiento" complicaría uno de sus requisitos: que éste sea revocable en cualquier punto del acto sexual), o "esperáis que leamos mentes".

Pero dejemos las hipérboles a un lado. No es en absoluto necesario leer la mente para distinguir entre una mujer que se queda paralizada y no reacciona, una que acepta a regañadientes e indecisa después de que hayas estado insistiendo media hora, y otra que realmente lo desea y lo demuestra: reacciona clara y positivamente, propone, inicia, el lenguaje verbal y no verbal es afirmativo y entusiasta.
No es difícil: si tienes que insistir, significa no. Y si estás teniendo sexo con otra persona y no reacciona a tus actos o movimientos, si no inicia ni propone nada, si no dice nada, si se mantiene inmóvil, si mira continuamente para otro lado, si no parece una participante activa que disfruta sino un recipiente pasivo que consiente (no rechista), lo normal, lo que tendría que nacer de cualquiera de nosotros, es detenerse y preguntar si todo está bien. La mentalidad de "si algo no le está gustando ya me detendrá" es especialmente peligrosa en nuestro contexto, y un poco más abajo entraré a detallar por qué.

Volvieron también, como ocurre siempre que se analiza el impacto de las relaciones de género en el dormitorio, las acusaciones de puritanismo y "fiscalización" del sexo.

Este es el caso del artículo publicado en CTXT que responde al que publicó Beatriz Gimeno unos días antes. Hay varios párrafos del mismo que me gustaría comentar.


"Pretender, en el nombre del feminismo, que los tíos tengan un código de conducta adecuado en el terreno sexual para satisfacer el deseo de las mujeres es, bajo mi juicio, una forma más de control social de la sexualidad. Prefiero la libertad de expresión antes que cualquier autoritarismo bienintencionado, que bajo la promesa de darme seguridad física, quiera colarse en mi cama. Pienso que el camino que debe seguir el feminismo es otro, pues evitar que negociemos, que establezcamos límites, que tomemos decisiones y que expresemos lo que nos gusta y lo que no solo nos relega a una actitud pasiva. Es decir, a la actitud que el patriarcado históricamente ha prescrito en el terreno sexual para las mujeres."


Lo primero que hay que dejar claro aquí es que no se trata de enseñar a los hombres a satisfacer sexualmente a las mujeres, sino de dejar de inculcarles e incentivar el que nos vean como meros instrumentos de placer, objetos de consumo, trofeos. Dejar de enseñarles a basar su valía como hombres, su estatus, en su número de conquistas sexuales 1 2, dejar de enseñarles a entender el sexo como una forma simbólica de dominación, poder, control, y éstos como una afirmación de su masculinidad 3.  (Y no son pocos los estudios que señalan causalidad o correlación positiva entre la socialización masculina -las creencias y las expectativas y roles de género impuestos a los hombres- y el uso de la violencia y la necesidad de dominio y control  4 5 6 7 8 9 10 11.
Empezar a entender el sexo, por esporádico y carente de romanticismo que sea, como una interacción entre dos personas, que como tal requiere de un mínimo de comunicación y respeto, consideración -como mínimo- por los límites y el bienestar (ya no hablo de placer siquiera) de la otra persona.

La "brecha de orgasmos" (me explayaré más abajo) sería sólo un síntoma de esto, y del coitocentrismo y la despreocupación generalizada por el placer de las mujeres, pero no es el problema en sí. Y no es lo que tenemos en mente al hablar de la necesidad de la empatía en las relaciones sexuales.

Lo segundo que hay que recalcar es que nosotras queremos un mundo en el que las mujeres puedan comunicarse y expresar sin miedo sus deseos, sus preferencias y sus límites, en igualdad de condiciones. La diferencia es que quienes nos tachan de puritanas parecen creer que ya estamos en ese mundo (y que, por tanto, nuestro afán de problematizar sobre la sexualidad desde una perspectiva de género es algo innecesario que sólo denota sexofobia y "mojigatería"), y nosotras no.

Nosotras creemos que necesitamos señalar que aún no somos libres e iguales (y comprender por qué) para poder llegar a serlo. Suelen decirnos que al hablar en estos términos estamos (re)tratando a las mujeres como seres débiles; eternas víctimas, niñas impresionables incapaces de tomar sus propias decisiones. Pero para poder dejar de ser víctima de una situación primero tienes que reconocer que (aún) lo eres y trabajar a partir de ahí. Negar la posición de vulnerabilidad y la desigualdad estructural nos impide analizar el problema y buscar las herramientas necesarias para emanciparnos. Si presupones que ya eres libre te condenas al conformismo. Tratar de visibilizar y estudiar la situación histórica de inferioridad social de la mujer y los mecanismos que la perpetúan no es nuestro objetivo, no es la meta; sólo el punto de partida. No se trata de abrazar el papel de víctima, sino de conseguir superarlo, pero para ello es necesario que sepamos de dónde partimos y cómo salir de ahí. No podremos llegar a ser libres si nos limitamos a abrazar sin más el imaginario sexual colectivo actual, violento y machista, lo que bebemos de los medios y la pornografía, una sexualidad coitocéntrica, entendida desde los esquemas sexo-violencia-poder de la masculinidad tradicional.

El error está en creer que partimos de un escenario neutral, en el que no se nos está inculcando una visión muy concreta del sexo ni se nos está presionando para ejercer determinadas prácticas, y que somos las feministas las que abogamos por colarnos en la cama. Nuestra cultura se está colando en nuestra cama constantemente. Lo que nosotras queremos es cambiar esa cultura.

La cuestión es que cada vez más mujeres relatan cómo se han paralizado y sentido incapaces de decir "no", de expresar verbal y explícitamente su disconformidad, cómo se han forzado a hacer cosas que no deseaban cuando les han insistido una y otra vez, por miedo a decepcionar o enfadar a sus parejas sexuales, cómo en esas circunstancias han pasado por encima de sus propios límites para complacer a sus novios, anteponiendo el deseo de ellos a su propio bienestar. Parece un patrón generalizado. ¿Son todas ellas débiles de carácter? ¿Están todas ellas mintiendo o exagerando? ¿No es razonable pensar que deben existir una serie de construcciones sociales, de elementos coercitivos, simbólicos y materiales, que expliquen este fenómeno? ¿No tiene sentido que queramos analizarlo, diseccionarlo, ir a la raíz, en vez de quedarnos en un "somos fuertes e independientes, así que no hay nada que hablar, todo se puede analizar excepto el sexo"?
También suelen relatar cómo sus parejas sexuales han continuado, sin inmutarse, cuando ellas se han quedado inmóviles, accediendo a desgana. Cómo han llevado a cabo ciertas prácticas (eyacular en su cara, penetrarlas oralmente con fuerza) sin pedirles permiso antes, dando por sentado que no hacía falta. ¿No es necesario analizar, tampoco, de dónde viene esto? ¿No es necesario plantear una noción de consentimiento sexual que vaya más allá de "haz lo que te apetezca con ella a no ser que te grite que pares"?

Prácticamente todas las autoras feministas de todas las corrientes y tradiciones de pensamiento, desde Andrea Dworkin (feminista radical) hasta Gayle Rubin (feminista pro-sex), comparten la tesis de que nos encontramos en un escenario de desigualdad social y económica que tiene un profundo impacto en todos los ámbitos de nuestra vida, de que se nos inculcan una serie de creencias y valores que nos condicionan e influyen decisivamente en nuestra forma de percibirnos y relacionarnos.

No es nuevo el concepto de "indefensión aprendida", ni su aplicación a la cuestión del género. La indefensión aprendida "se refiere a la condición por la cual una persona o animal se inhibe ante situaciones aversivas o dolorosas cuando las acciones para evitarlo no han sido fructíferas, terminando por desarrollar pasividad ante este tipo de situaciones". Las mujeres que durante su infancia, preadolescencia y adolescencia han sufrido formas de abuso sexual (desde tocamientos hasta una violación), e incluso aquellas que no han pasado por esas situaciones pero
se han acostumbrado a aceptar la cosificación externa y el acoso callejero como algo inevitable, a entender su propio cuerpo como "provocador", como un blanco fácil expuesto, pueden haber desarrollado una actitud pasiva como mecanismo de adaptación, que podría explicar -al menos parcialmente- por qué hay mujeres que se paralizan o sienten muchos reparos a la hora de expresar su disconformidad en el dormitorio, evitando el conflicto a toda costa, incluso aunque no exista un peligro evidente ni haya habido una clara intimidación.

Un estudio reciente señala que el 30% de las mujeres experimenta dolor durante el sexo vaginal y el 72% durante el sexo anal, y que un porcentaje importante no se lo dice a su pareja 12. Es decir, se lo callan, "aguantan". La explicación más plausible es que quieran complacer (o teman decepcionar) a su pareja. O que crean que es mejor "dejarlo pasar" y evitar la confrontación. La normalización también puede jugar un papel importante: asimilamos como inevitable que la mujer sufra dolor durante el sexo.

Filósofas feministas como Rebecca Kukla retoman las teorías de Austin y Searle sobre los actos de habla y exploran cómo ciertos enunciados cobran un valor performativo (es decir, no describen una acción, sino que son una acción en sí mismos) u otro en función de la posición social y el poder relativo del emisor con respecto al receptor, independientemente de la intención del primero. Así, la pregunta "¿te tomas un café conmigo?" funciona como una invitación cuando no existe una relación de poder entre los interlocutores, pero puede operar como una orden o exigencia cuando un jefe se lo dice a su joven empleada, a la que le duplica la edad y cuyo sustento depende de él. Esto ayuda a ilustrar por qué hay escenarios que implican de por sí coacción.

Lo que nosotras decimos es que las mujeres deben poder tener autonomía y agencia, pero que debido a su socialización y posición social, en algunos casos ésta se puede ver anulada, y que hay que trabajar para detectar, reconocer y erradicar aquellos elementos que nos coaccionan. Hablar con otras mujeres y hacerles saber que no tienen por qué normalizar ciertas actitudes ni por qué sacar hierro a ciertas situaciones, empoderarlas partiendo de reconocer el problema. Hablar con hombres para que empiecen a plantearse el sexo y la cuestión del consentimiento de otra forma; no se trata tanto de inculcarles un código de conducta feminista como de ayudarles a desaprender el código de conducta patriarcal.


"¿Tan débiles somos las mujeres que no podemos lidiar con una experiencia incómoda en nuestra intimidad? ¿Necesitamos protección hasta cuando no nos corremos?"


La mayoría de mujeres que no llegan al orgasmo en sus relaciones con hombres no tienen problema en hacerlo mediante la masturbación. Las parejas lésbicas tienen de media bastantes más orgasmos que las heterosexuales 13. La raíz de la llamada "brecha de orgasmos" no se encuentra en la incapacidad por parte de la mujer de experimentar placer o alcanzar el orgasmo, ni siquiera se trata de que el hombre sea incapaz de proporcionar placer. El problema es que las relaciones sexuales heterosexuales se mueven en torno al coito, que suele ser insuficiente para que la mayoría de mujeres alcancen el orgasmo 14, y no se suele prestar atención a una de las principales fuentes de placer de la mayoría de mujeres: el clítoris. El problema es que la mayoría de estas relaciones terminan cuando el hombre tiene un orgasmo, independientemente de si ella lo ha alcanzado o no. Y utilizar el periodo refractario como excusa sólo es una muestra más de este coitocentrismo. Se pueden hacer muchas otras cosas.

En cualquier caso: esta ni siquiera es la cuestión. Cuando las mujeres se quejan de relaciones sexuales incómodas, insatisfactorias, etc, normalmente ni siquiera se refieren a no haber llegado al orgasmo. El maravilloso artículo "El precio femenino del placer masculino", de Lili Loofbourow, ilustra muy bien (y con fuentes) cómo lo que muchas mujeres llaman "relaciones insatisfactorias" son en realidad encuentros dolorosos que en algunos casos hasta rayan en lo traumático.

Se refieren a situaciones en las que se han sentido presionadas y coaccionadas a "consentir" prácticas que no deseaban. Se refieren, como he dicho, a aquellas veces que su novio les insistió una y otra vez, presionándolas o haciéndoles chantaje emocional hasta que ellas accedieron a desgana, abstrayéndose y mirando para otro lado, "consintiendo" prácticas que no deseaban. Se refieren a esas relaciones
esporádicas en las que las utilizaron como si fueran muñecas hinchables, sin preguntarles nada, sin comunicación y sin consideración alguna. Se refieren a experiencias que las han dejado sintiéndose pequeñas, deshumanizadas y menospreciadas. No haber llegado al orgasmo fue el menor de sus problemas.


"La empatía es una habilidad afectiva, cognitiva y emocional que puede poseer el individuo. Por tanto, no se inscribe como un proceso automático y requiere de cierta destreza para ponerla en práctica en las relaciones interpersonales."


Utilizamos generalmente la palabra "empatía" para referirnos a la empatía afectiva, a la capacidad de ponerse en la piel del otro, de reaccionar con cierto dolor ante el dolor ajeno, con cierta alegría ante la alegría ajena. Esto presupone la capacidad de ver al otro como un semejante, como una persona. No significa "afinidad", ni conexión espiritual. No requiere de un vínculo afectivo previo, ni de romanticismo. Una de las características distintivas del psicópata es la incapacidad de empatizar. Es evidente que cuanto más profundo sea el vínculo con el otro tanto más fácil será empatizar con él, pero esto no significa que no deba existir una "empatía general" previa. Si vamos caminando por la calle y vemos a alguien que experimenta un repentino dolor y cae al suelo, ¿no nos preocupamos? ¿No nos aflige en cierto grado su dolor? Evidentemente, esta aflicción será mucho mayor si esta persona es alguien a quien conocemos y apreciamos, pero esto no significa que seamos impasibles e indiferentes al dolor de un desconocido. ¿No nos emocionamos en cierto grado cuando nos cuentan testimonios desgarradores, o historias entrañables? Todo esto también es empatía.
Belacchi y Farina (2012) 15 escriben: "se supone que nuestra capacidad de empatía emotiva se basa en el contagio emotivo, la afectación por el estado emotivo o de excitación del otro." Dentro de la "empatía afectiva" encontramos la "preocupación empática", entendida como "compasión por otros como reacción a su sufrir".


"La retórica oficial de la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo: pecados, pecadores y mujeres que solo admiten el calificativo de santas y víctimas protagonizan la ópera de la neurosis, el simplismo y la caliente emotividad."


Más arriba he contestado a la cuestión del victimismo. Por lo demás, me parece deliberadamente deshonesto equipararnos a posturas puritanas. El puritanismo conservador se basa en la noción de la respetabilidad sexual femenina, en la idea de que la mujer es por naturaleza (que no condicionamiento o socialización) el objeto pasivo de la relación sexual y que, como objeto que es, pierde "valor" al haber sido "usado" previamente. Así, el sexo ensucia y devalúa a la mujer, y la mujer sexualmente activa o desinhibida pasa a ser una mujer sin valor, sin dignidad, que no se respeta a sí misma. Esta idea ha sido criticada y desmontada una y otra vez por parte de los feminismos radicales. Nosotras rechazamos frontalmente la dicotomía patriarcal madre/puta, y reivindicamos el "desear" activo frente al "consentir" pasivo: el sexo deseado por ambas partes.


metoo

Sobre el movimiento #MeToo, la respuesta de Margaret Atwood y las "cazas de brujas"

15:50


Hace un par de días, la novelista Margaret Atwood, conocida y celebrada por obras como The Handmaid's Tale (y mujer que, por cierto, ha influido enormemente en mi forma de entender y teorizar sobre la autocosificación y la mirada masculina), estuvo en el ojo de la polémica al publicar este artículo defendiendo su decisión de firmar, en 2016, una carta abierta que supuestamente defendía a Steven Galloway, profesor de la Universidad Británica de Columbia, que fue acusado de violación y posteriormente despedido (la carta, más bien, defendía que se hicieran públicos el informe y los razonamientos de la jueza que llevó el caso, y que dictaminó que Galloway era inocente), y siendo crítica -y quizás algo alarmista- con el rumbo que está tomando el movimiento #MeToo.

Creo que es importante que en estos casos, como feministas, en vez de indignarnos y cerrar los ojos, intentemos leer y entender bien lo que se nos está criticando y reprochando. Porque puede que estas críticas aporten, en algunos casos, puntos válidos e interesantes.

Hay que recordar, si criticamos el #MeToo, que ninguno de estos hombres va a ir a la cárcel sólo por las acusaciones en sí -para ello tiene que haber un juicio, una investigación-, lo que estamos viendo es un "juicio público" (al que siempre se nos ha sometido a nosotras: mentirosas por defecto). Si el precio a pagar para que se empiece a creer por fin a las mujeres y se pueda atajar la violencia machista es que haya algún caso excepcional en que un hombre pague la repercusión social de ser considerado maltratador o acosador sin serlo, ¿merece la pena? Esa es la pregunta.
Y hablamos de ser considerado maltratador y/o acosador por algunos (y, sobre todo, por algunas), no lo olvidemos. Nadie niega lo de Weinstein, lo de Spacey o lo de Louis C. Clark, entre otras cosas, porque ellos mismos lo han reconocido. Pero mucha gente defiende y seguirá defendiendo a Johnny Depp, a Woody Allen, incluso a Chris Brown.

Ahora, retomando el artículo de Atwood: me parece que lo que pretende, sobre todo, explicar por qué decidió firmar una carta abierta llamada UBC Accountable (explico más adelante en qué consiste) y cuál fue el razonamiento detrás de esa decisión. Más que criticar al #MeToo, cuyo origen entiende, critica aquello en lo que teme que podría convertirse. Y entiendo su razonamiento, hasta cierto punto puedo llegar a compartirlo, pero me parece detectar algunos "errores" (¿o trampas?) en la forma de plantearlo.

Para empezar me desagrada su forma de empezar el artículo: poniéndose sarcástica e hiperbólica y comparando las críticas comprensibles y legítimas que le han hecho feministas (otras no habrán sido tan legítimas) con la demonización y caricaturización que ha sufrido a manos de medios machistas. No, no es lo mismo. Y el "oh, vaya, qué mala soy" burlesco no aporta nada.

Más adelante adopta un tono un poco más serio y explica de qué va todo esto. Nos cuenta que Steven Galloway, antiguo catedrático del departamento de escritura creativa de la Universidad Británica de Columbia, fue acusado de violación, y que la universidad salió en los medios nacionales antes de que hubiera una investigación e incluso antes de que el acusado pudiera saber los detalles de la acusación. Según explica Atwood, antes de que el acusado pudiera saber más, se le obligó a firmar un acuerdo de confidencialidad. Dice que la opinión pública, incluyéndola a ella, se quedó con la impresión de que este hombre era un violador en serie violento, que todo el mundo tuvo carta blanca para atacarle públicamente y que, dado el acuerdo que había firmado, Galloway no podía decir nada para defenderse. "A esto siguió un aluvión de injurias".

"Pero después de una investigación llevada a cabo por una jueza que duró meses, con múltiples testigos y entrevistas, la jueza dictaminó que no había habido agresión sexual. Galloway fue despedido de todos modos. La asociación de su facultad lanzó una queja, que aún continua, y hasta que termine, el público no podrá tener acceso al informe de la jueza ni a su razonamiento a partir de la evidencia presentada."
"Fue entonces", dice Atwood, "cuando se supieron los detalles del defectuoso proceso de la UBC y nació la carta abierta UBC Accountable" (la carta que ella firmó).

"Una persona justa se abstendría ahora de juzgarle como culpable hasta que el informe y la evidencia estuvieran disponibles. Somos adultos: podemos pensar por nosotros mismos, de un modo u otro. Esto es lo que los signantes del UBC Accountable han defendido siempre."

Atwood se queja de lo que llama "la estructura 'acusado y por tanto culpable'", y creo que esto es lo que ha cabreado -legítimamente- a muchas feministas que han leído su artículo. Porque parece insinuar, como el posmachismo, que esto es lo que está ocurriendo en la actualidad con los hombres acusados de violencia machista, cuando la realidad parece indicar lo contrario, más si en vez de hablar de la opinión pública nos referimos a las instituciones. Recuerdo una vez más que los famosos que han sufrido repercusiones son generalmente aquellos que han reconocido que las acusaciones eran ciertas o han sido acusados por decenas de mujeres distintas. Y los hombres que no son famosos no tienen de qué preocuparse con lo que respecta a los "juicios públicos".

Atwood entiende el #MeToo como la consecuencia de un sistema legal que falla (falla a las mujeres) y arguye que la petición que firmó también es consecuencia de un sistema judicial que falla. Pero alerta de los peligros de que estos movimientos a los que llama "de purga", y cuya razón de ser comprende (aunque considera que, en algunos casos, se utilizan como excusa para implantar nuevas formas de opresión), pretendan, en vez de arreglar el sistema legal, sustituirlo. Explica que "la comprensible y temporal 'justicia vigilante' puede degenerar en un hábito de linchamiento en masa culturalmente solidificado, en el que el modo de justicia disponible es arrojado por la ventana, y las estructuras de poder extralegales son puestas en su lugar y mantenidas." (He de decir que me desconcierta un poco que hable de "estructuras de poder extralegales". ¿De qué estructuras de poder disponemos nosotras, exactamente?)

Ya al comienzo del texto, Atwood afirmaba que, para que el poder judicial pueda llegar a proteger los derechos de las mujeres, primero tiene que garantizar que se protegen los derechos humanos en general. Le doy el beneficio de la duda y supongo que se refiere a que el sistema judicial y las instituciones tienen que funcionar correctamente y dejarse de arbitrariedades para poder ayudar a las mujeres, pero expresado de este modo puede inducir a error. Las mujeres somos la mitad de la humanidad, así que ese "primero hay que garantizar los derechos humanos" suena a "primero hay que garantizar los derechos de los hombres". Y en cualquier caso, creo que lo de Galloway fue un caso excepcional (en el que presumiblemenre entraron en juego otros factores e intereses; quizás alguien de su universidad quiso quitárselo de en medio), y sin embargo lo que está dando a entender (o, al menos, la sensación que me dio tras la primera lectura) es que las instituciones fallan también regularmente a los hombres acusados de violencia machista. Imagino que no es exactamente lo que pretende transmitir, dado que reconoce que el #MeToo es síntoma de un sistema que ha fallado a las mujeres: reconoce ese agravio. Imagino que se refiere a que puede haber casos, como el de Galloway, en los que las instituciones actúen de forma manifiestamente injusta y que no por tratarse de un hombre acusado de agresión sexual deberíamos permitirlo. Que, si realmente queremos construir un mundo más justo para las mujeres, debemos tener un criterio que nos permita detectar y reconocer cuándo las instituciones están cometiendo una injusticia o irregularidad en el caso de un hombre acusado.

Su "tenemos que entender que las mujeres también son capaces de hacer el mal", aunque sea cierto, no deja de recordar al "no las pintemos como víctimas" cuando se pretende visibilizar la posición social de las mujeres y su consecuente situación de vulnerabilidad ante ciertas formas de violencia sistémica.

Las mujeres son, efectivamente, perfectamente capaces de cometer crímenes, pero vivimos en un sistema en el que la inmensa mayoría de crímenes son perpetrados por hombres e igual habría que analizar el papel de la socialización masculina.

El #MeToo nos pide que creamos, de entrada, a las mujeres que acusan. No que ese "juicio público" sustituya al sistema legal. En todo caso, que jueces y jurado -como la sociedad en la que viven- deje de verse influido por sesgos de género, deje de presuponer que la mujer miente, deje de abrazar la cultura de la violación (entendiendo, por ejemplo, que el consentimiento es revocable en cualquier punto del acto sexual).

Y mi pregunta del principio se mantiene:  Si el precio a pagar para que se empiece a creer por fin a las mujeres y se pueda atajar la violencia machista es que haya algún caso excepcional en que un hombre pague la repercusión social de ser considerado maltratador o acosador sin serlo, ¿consideramos que vale la pena, o no?


PS.
A lo largo del post he enfocado el caso de Galloway como una situación (que podría haber sido hipotética) en la que las instituciones cometieron aparentes injusticias (no permitirle defenderse públicamente) e irregularidades (no permitir que el público tenga acceso al informe de la jueza que lo absolvió) con respecto un hombre acusado de violación, sin con ello entrar a especular sobre su culpabilidad o inocencia, simplemente para argumentar que efectivamente debemos poder tener un criterio que nos permita reconocer que un determinado proceso no huele del todo bien y exigir detalles (a pesar de que el resultado sea que un hombre acusado pierda su trabajo), sin por ello renunciar a creer por defecto en el testimonio de las víctimas.

Como he comentado en el post, en ningún caso estoy pretendiendo decir que alguien deba ir a la cárcel tras una acusación, sin un juicio de por medio (el sistema judicial ha fallado a menudo a las mujeres, pero la idea sería intentar reformarlo y, como he dicho, limpiarlo de presunciones y sesgos machistas). Hablo únicamente de nuestra respuesta como sociedad, de cómo considero que deberíamos reaccionar y tratar a la mujer que denuncia. Si por el motivo que sea alguien no es capaz de creer por defecto a las víctimas, o a una víctima en particular (sin tener pruebas sólidas que demuestren que miente), habría que pedirle, como mínimo, una equidistancia lo más genuina posible: ni afirmar ni negar.